Kusturica en Córdoba: noche gitana

 

Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra volvió a Córdoba luego de su última presentación en Cosquín Rock 2010

La fiesta se apoderó de la ciudad y del Orfeo donde unas 1500 personas presenciaron una fiesta que cada vez se adueña de más seguidores.

Apenas llegamos Los Mersey Mustards recibían a un público pasivo. Muy alejado del que se vería en minutos. Todos tranquilos, hablando y aplaudiendo a la banda que supo matar los minutos de espera con buena música. Cuando el cantante agradeció y dijo que en unos minutos llegaba Emir (“Kústuritsa”, así se pronuncia), ya los cuerpos se preparaban.

También se preparaba mucha gente “grande” de entre 40 y 50. Ellos sin prejuicios, no miraban de reojo a estos “lunáticos” que iban a dejarse llevar por el ritmo sin importar la coordinación de los pasos, ni como se iba vestido. Ellos, hasta querían volver a ser los otros.

Ellos y los otros son los fanáticos de esta banda que se basa en la música balcánica por un lado, pero con punk, ska y rock para hacer un combo más que interesante. Todos son amigos. Entre ellos en el escenario, entre el público y entre ellos y el público. Por eso los momentos más importantes son cuando permiten subir a más de cincuenta chicas al escenario para bailar temas como Upside down, Pitbul terrier, Unza unza, Europe,Bubamara, Wanted man, entre otros.

La fiesta gitana, bubamara, balcánica se baila y disfruta como los gitanos, como en Los Balcanes. Si no, no interesa. Y es una especie de ritual. Esa conexión banda- público que no permite otra cosa que la felicidad. Intervenciones de Emir, que es un gran músico, permite entender sin saber mucho lo que habla que lo está pasando bien. No sólo por su música, sino por ser un europeo argentinizado, o el serbio (por más que sea bosnio) más argentino de todos. Ayudado esto por su documental sobre Maradona, es increíble el cariño que nos tiene y del mismo modo, es igual de interesante ver la devolución por parte de nosotros.

Criticando a MTV, y jugando con el cambio de vestuario del violinista como si fuese un mago detrás de un biombo. Con una guitarra a luces que gira en la panza de uno de los músicos, con la fiesta a flor de piel las casi dos horas de show fueron un baldazo de alegría caliente en medio de la semana.

Él se mostró tal como es. Jeans, una remera del “Che” Guevara y con la energía que lo caracteriza. Parecía una de sus películas, no taquilleras, donde lo hermoso está en lo simple. Tan simple como bailar, como dejarse llevar por el ritmo. Por no importar nada y dibujarse sonrisas. “Terapéutico” sería la palabra. Tal como definió él sus shows. Terapia para olvidarse, para improvisar un baile, un salto, una carcajada.

Terapéutico y con toda la energía. Porque él decía que “la vida es un milagro” en más de una oportunidad (o eso parecía), pero habría que mejorar. El no bailar con ellos sería un milagro.

 

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